Burgos

El relato no ficticio de una noche en la que acabo con un ojo morado.

No pensaba que fuera a acabar la noche allí. Rodeado de batas blancas y suelos limpios. Y ese olor tan inconfundible a hospital. No es desagradable, pero hay algo en él que no me acaba de gustar.

No había más gente en la sala de espera. Quedaba raro estar en medio de la sala sentado en una silla de ruedas. Pero no me dieron opción. La enfermera de la ambulancia me dijo que tenía dos opciones: entrar al hospital en silla de ruedas o en camilla. Es por si acaso te mueres, que no se les pueda acusar de no tomar precauciones. Dejé que me empujaran por los pasillos mientras miraba callado el hospital vacío. Habría sido raro verlo lleno a las 5 de la mañana. Por lo poco que les escuché decir a los médicos, no era el primero en llegar allí con una ceja partida. Uno de los enfermeros comentó que le parecía vivir un déjà vu y todo.

Mientras me llevaban a la otra sala para ponerme los puntos escuché que había llegado un chico más. Al parecer había pedido el mismo menú sanitario que yo. Pero tampoco estoy seguro. Por los pasillos pensé que ser minusválido debe de ser una putada. Me sentía tonto con alguien empujándome por ahí. Pero supongo que a todo te acostumbras.

Yo creía que dolía más que te cosiesen. Solo es un pinchazo seguido de la extraña sensación de que algo está atravesando tu piel. Cuando terminaron me dieron un papel por si me apetecía denunciar al chaval que me había pegado el puñetazo. No me apetecía ni de lejos. No me gusta nada el organismo al que la mayoría llaman Justicia. El combate verbal entre abogados y fiscales y demás. Repugnante.

De todos modos, no sentía ansias de venganza. Cero. Tampoco había sido para tanto después de todo. Había sido mala suerte que me partiese la ceja, pero qué se le va a hacer.

Una hora después, echándome un porro con Iñaki, pensé en que ojalá le fueran bien las cosas al imbécil que se había peleado conmigo. Después de todo me daba algo de pena. Irradiaba desconfianza, aunque no lo noté hasta que fue demasiado tarde. El alcohol te ciega para bien y para mal. Al menos normalmente es para bien.

Se me hizo imposible volver a casa haciendo autostop desde Burgos. Nadie se paraba. Y eso que fui al sitio donde hice autostop las dos últimas veces que fui con mi amigo Felix desde el norte de España hasta Madrid a dedo. Las dos veces nos dejaron cerca de ese lugar a las afueras del sur de Burgos, en el que una vía de servicio sale hacia la autopista A1. Las últimas dos veces conseguimos que alguien nos llevara directamente desde allí a Madrid. Pero nada. Seguramente fuera cosa del ojo. Se había hinchado bastante y tenía mala pinta, y en el autostop todo depende de la primera impresión. Ese fue el primer momento en el que tuve ganas de cagarme en el hijo de puta de la noche anterior. Me había jodido pero bien eso ponerles buena cara a los conductores.

Después de una hora y media me rendí y tiré el cartón donde había escrito Madrid en mayúsculas con un bolígrafo. Lo había conseguido en un barucho en decadencia cerca de las afueras de Burgos. Era uno de eso bares que me encantan. Era viejo, y se notaba que su época de esplendor ya había pasado. Ahora solo quedaban dos viejos clientes de toda la vida y los dueños del bar, un matrimonio cansado de currar pero que aguantaba un día más en su precioso barucho. Se notaba que había sido hermoso. Las paredes llevaban azulejos con toques dorados y la madera de la que estaba hecha la tarima y las mesas era buena y oscura. Allí entré ese domingo en el que pensaba que todo iba a estar cerrado, y pude cagar al fin y comer un buen bocadillo de tortilla. Cuando lo estaba terminando fue cuando se me ocurrió preguntar al dueño si me dejaba el cartón y el boli.

Y sí, lo sé, una hora y media es poco para autostop de larga distancia, pero me pudieron las circunstancias. La llamada preocupada de mi padre fue decisiva para que me decidiese a volver a caminar de vuelta al centro de Burgos para cogerme un bus. Me dijo que era un imbécil y en qué coño estaba pensando. Ya sabía lo del ojo. Tardé un poco más de una hora, un poco menos que a la ida porque ya me sabía el camino. Me empezó a doler el talón derecho y no disfruté demasiado del paseo.

Una vez en casa pensé seriamente, después de que tuviera que relatar la historia de cómo recibí el puñetazo unas tres veces, en contarle al resto de la gente que me había chocado con una farola. Pero no lo hice. No me gusta mentir si no es para contar algo absurdo y gracioso.

Mierda. Ahora que lo pienso la historia de la farola daba el perfil de lleno.

1 comentario en “Burgos

  1. El dibujo de cabecera ha sido creado por Anais. Os dejo aquí su blog para que le echéis un vistazo: http://blog.anaisymas.com/

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto:
search previous next tag category expand menu location phone mail time cart zoom edit close