Por qué sonrío ante el edificio de luces amarillas

La conversación me aburre
y dejo de prestar atención.
Miro a mi alrededor.
Hay un edificio
con luces amarillas en las ventanas.
Veo a sus habitantes
hacer sus cosas de las nueve de la noche.
Me veo a mí mismo
haciendo sus cosas de las nueve de la noche.

Ya no veo el edificio,
veo las vidas
que transcurren
en el edifico de luces amarillas
y en todo el mundo.
Vivo esas vidas.
Son demasiadas vidas.
Me abruma, pero resisto.

Vivo tragedia.
Vivo el dolor de perder una hija
mientras siento confusión e inmovilidad.
No sé qué hacer,
cómo actuar, cómo seguir.

Vivo la tranquilidad de estar tumbado desnudo
en un sofá
pegando mi mejilla a la de la mujer que amo,
sin prestar atención al paso del tiempo
ni a otras vidas
porque me basta así.

Vivo la envidia sana de la vejez,
sentado en un banco,
con mi sombrero de paja puesto,
observando a los jóvenes
que se bañan y juegan
en el agua verde del lago.

Vivo miedo,
miedo en una calle oscura
en la que noto que un hombre
de mirada podrida
parece seguirme,
y acelero el paso
y los tacones se me clavan en los talones
y me duele.

Vivo el ser un hombre de tribu,
de flechas y antílopes,
y enseño a mi hijo,
profundamente emocionado,
a usar el arco por vez primera.

Vivo los últimos momentos de mi vida,
tumbado en mi cama, en mi casa,
rodeado de amigos y familiares,
y sintiendo que lo he hecho bien en la vida,
me pregunto con curiosidad,
sin miedo,
qué habrá detrás de esa puerta
que nadie ha vuelto a abrir para volver.

Vivo humillación e impotencia,
mientras me muerdo los labios
y salgo al escenario a hacer otro striptease
delante de los babosos de siempre,
sin dejar de pensar en Lucio,
mi hijo de ocho años.

Siento satisfacción morbosa
al gritar a mi asistenta
y desahogarme con ella del estrés
de las últimas semanas de trabajo
y del sentimiento angustioso de vacío
que me llena el pecho.

Vivo aburrimiento aplastante
en una celda en la que ya no debería estar,
porque hace tiempo
que me arrepentí por completo
de mis estúpidos actos vandálicos de juventud.

Vivo la calma paciente y silenciosa
de un roble, mientras
clavo profundamente mis raíces
sintiendo un placer enorme
al agarrarme al frío suelo.

Vivo el rico, bonito y variado mundo
de un ciego de nacimiento.

Canto y silbo alegremente,
desafinando,
mientras me balanceo
en el increíble columpio
que me ha hecho papá.

Me río con ganas
de los chistes de mi cómico preferido,
atrapado en el clásico atasco mañanero
de camino al trabajo,
y veo como el del coche de al lado
también se ríe
porque está escuchando la misma emisora.

Vivo el momento en el que,
por un inocente anuncio de televisión,
salgo de golpe de la infancia
al entender que solo está intentado engañarme.

Vivo un confuso mar de sentimientos
al despedir a mi hijo,
que se marcha de casa
para vivir su vida.
Pues no quiero que se quede,
y me duele verle partir.

Vivo el puro éxtasis vital
de un retrasado mental,
mientras grito y río
en un prado
en el que vuelan las cometas
y brilla el sol.

Vivo el momento en el que veo
cómo brota sangre oscura
de la herida de mi pecho,
y pienso en que esta guerra
no me importaba lo suficiente
como para morir por ella.

Doy un largo paseo pausado
por la orilla de la playa,
cuando solo quedan
los últimos rayos cegadores del atardecer,
y veo por fin con claridad,
venciendo el miedo a la verdad,
que hace tiempo
que ya no quiero a mi marido.

Me río a carcajadas de tonterías,
escuchando buena música
y sacando los pies por la ventana del coche
con el que yo y mis amigos estamos viajando,
con esa sensación de nerviosismo feliz
que produce el no haber llegado aún al destino.

Noto medio dormido
cómo mi hija se cuela debajo de las sábanas
con mucha energía mañanera
y bostezo cansado pero feliz.

Vivo el volver a mi vida
delante del edificio de luces amarillas
con una aburrida conversación de fondo.
A la una entre todas
que me toca vivir por completo
porque es la mía.

Y sonrío.

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