Saktakular

He tenido una vida agitada. Cuando era joven, aproveché mi inquieto espíritu de saltimbanqui para lanzarme a la carretera con la única compañía de la dulce incertidumbre y unas mazas, que malabareaba en el aire allá donde fuese para conseguir calderilla y poder continuar mi camino. Viajé mucho; tanto, que si tuviese que recitar de corrido todos los países en los que estuve, de seguro que dejaría alguno en el tintero. Chapurreando un poco cualquier idioma que necesitase la ocasión, conseguía hacer reír y arrancar aplausos en cualquier parte. Me hice llamar Saktakular, que impresiona en todas la lenguas por igual.

Pero no es narrar mi juventud lo que me ha traído al papel, sino algo que ocurriría mucho después. Yo tenía treinta y nueve años por aquel entonces, a pocos meses de cumplir los cuarenta. En el mundo del espectáculo, las estaciones de la vida se suceden a un vertiginoso e implacable ritmo, y yo me estaba dando de bruces contra las primeras lluvias frías del otoño: como si el suelo estuviese recubierto de marrones hojas podridas, resbalaba de la cuerda, fallaba el tiro al hacer bailar las mazas y sentía unos terribles dolores en la espalda tras hacer el pino durante los shows. Malviviendo aún de mis cada vez peores espectáculos, algo en mi interior me encaminó de vuelta a España, como si llegase a su fin un largo viaje de más de veinte años.

Alquilé a un amigo una pequeña habitación en un oscuro piso de Madrid, sintiendo como los bajos techos se me derrumbaban encima. No era capaz de concebir una vida sin la intensidad de la aventura, sin continuar vagando por el mundo, sin nuevos retos y dificultades asomándose a cada paso. Me sentía atado de pies y manos, como un pájaro enjaulado.

Tras un par de semanas de mortificada reflexión y encierro, me enteré por las redes sociales de que se iba a realizar una reunión de antiguos alumnos, a la que me animé a asistir. Todo el mundo tenía una gran necesidad de poner al día a los demás, de narrar su recorrido por el tortuoso camino de la vida. Algunos habían estudiado sesudas carreras universitarias y ahora ejercían durante largas jornadas como médicos, arquitectos o ingenieros. ¿Cómo habrían sido capaces de tener semejante autodisciplina? Verles tan satisfechos de sí mismos, con sus generosos sueldos, sus familias y sus casas con piscina se me hacía absolutamente insoportable. Otros, en cambio, no se lo habían montado tan bien: oficinas, obras, cajas de supermercado… Un escalofrío me recorrió la espalda, ante la certeza de que yo pertenecía a ese grupo de perdedores. Algunos habían cogido comida para pasar el invierno de la vejez, como hormiguitas, mientras yo cantaba sin preocuparme del paso de los días. Me situé cerca de la neverita con cervezas para poder aguantar la angustia.

Cuando cerraron el local, yo estaba bastante achispado y no quería marcharme a casa. Nos fuimos unos cuantos a un bar cercano a seguir un rato más. Después de varias rondas solo quedábamos tres personas: un camionero simplón, que de lo pasado que estaba soltaba un «hip» muy gracioso a cada rato, un bravucón que presumía de ganar mucho dinero en apuestas deportivas y yo mismo. Eran dos tipos de enormes proporciones. El gordo más gordo, que se llamaba Carlos, despotricó sobre cómo él habría sido uno de los más grandes del baloncesto español, si no hubiese sido por una infortunada lesión que sufrió a los dieciocho años, cuando su carrera estaba despegando meteóricamente, «que tiró su vida a la mierda». Entonces me acordé de él. No había podido reconocerle tras esos flácidos mofletes, pero no había duda: de joven era uno de los chicos más populares del colegio. ¡Dios mío, ese desastre de hombre era Carlos Pavón! No daba crédito a mis ojos.

El otro, que tenía cara de tonto, echó pestes de su mujer, aunque sobre todo lamentase «el maldito día en el que firmó una hipoteca para comprarse el asqueroso camión». Se llamaba Manolo. No tenía demasiados recuerdos de él guardados en la memoria, tan solo que era un pésimo estudiante y que jamás dijo nada interesante en mi presencia.

Yo narré mi situación actual, hundiéndome poco a poco a medida que recordaba mis viajes, machacando con ello el orgullo de mis compañeros, en cuyos ojos se asomó la envidia al escuchar mis numerosas aventuras. Cuando ya estábamos más tirados que sentados en la mesa, Carlos dijo:

—¿Y si nos plantamos?
—¿Cómo?
—¿Y si decimos basta? ¡Basta, digo! ¡Basta ya!
—¿Pero de qué estás hablando?

Nos miró a ambos largo rato, con ojos tristes y apagados.

—Pues que nos quitemos la vida.
—¡Tú estás loco! —exclamó Manolo, abriendo mucho los ojos.
—¿Y por qué no? —contestó—. ¿Qué nos queda? ¿Tú qué quieres, pasarte más años detrás del volante, para llegar a casa y no tener ganas de besarle el bigote a tu mujer?

Manolo se levantó con aires de ir a soltarle un guantazo, pero volvió a sentarse y hundió la cabeza entre los brazos.

—¡Eso está mal, Carlos! ¡Eso no se hace! —gimoteó.
—Puede que tengas razón —dije entonces.

Se hizo un silencio.

—La vida ha estado bien y la he disfrutado con creces —continué después de esa pausa—, pero si no tiene nada más que ofrecer que ceniza en la boca y sufrimiento, yo no quiero seguir arrastrándome como un perro.
—¡A eso me refería yo, cojones! —dijo Carlos, dando un fuerte golpe encima de la mesa—. No sé vosotros chicos, pero yo no puedo más, ¡no puedo más!

Sus ojos corroboraron sus palabras. Yo empecé a sentirme de roca, como si mis emociones no jugasen ningún papel en esta decisión que tomaba. Miré a Manolo.

—¿Tú qué opinas?
—Yo… ¡yo tampoco soy ningún perro!

Lo tomé como la máxima expresión verbal que era capaz de ofrecer, y volviéndome hacia Carlos, dije:

—¿Cómo lo hacemos?
—Nos metemos un tiro —dijo Manolo.
—¿Tú tienes alguna pistola a mano, atontao? —dijo Carlos.

Manolo negó con la cabeza.

—Podríamos tirarnos de un puente —dije yo.
—¡No! Si lo hacemos, lo hacemos bien. Un barranco, ¿qué os parece? Yo quiero ver el mar por última vez —dijo Carlos.

Y así es cómo me vi sentado en la parte delantera de un camión junto a dos malolorosos sujetos, rumbo a Galicia, con la firme intención de quitarme la vida. No podía hablar por mis acompañantes, pero yo no dudaba en que ese era la última noche de mi desventurada existencia. Manolo puso la radio y la música me indujo en un profundo estado de trance, durante el que me alejé de la realidad que me envolvía. Rememoré los buenos momentos, mis pasajeros amoríos, los amaneceres y puestas de sol que había presenciado desde tantos sitios distintos, todo lo que ahora llegaba a su fin.

Después de unas horas, llegamos a Rinlo, un pueblo gallego pegado a Asturias. Era noche cerrada, así que iluminamos el camino con las linternas de nuestros móviles, caminando a lo largo de unos escarpados acantilados. Carlos iba a la cabeza, mientras Manolo se rezagaba un poco, tropezándose con los desniveles del difícil camino. Llegamos a un lugar que parecía idóneo para nuestros propósitos. Negras olas rugían a nuestros pies, a treinta o cuarenta metros por debajo; su violento romper contra el pedregoso barranco se me asemejó, debido al fragor del momento, a un melancólico réquiem tocado por una singular orquesta, conformada únicamente por contrabajos, una fantasmal orquesta de sirenas. Apagamos las linternas, dejando que nuestros ojos se acostumbraran a la oscuridad, apreciando el reflejo de la media luna en la blanca espuma. Un faro nos deslumbraba intermitentemente desde la oscura lejanía, como midiendo con su constante ritmo los pocos instantes que nos quedaban.

—Muy bien, chicos, pues aquí estamos —dijo Carlos.
—Aquí estamos —respondimos, como masticando lentamente esas dos palabras.

Se hizo un silencio, durante el que los tres escuchamos la música del oleaje.

—Yo… yo no estoy seguro de esto —dijo Manolo.

Carlos se encendió en cólera. Le dijo que era un rematado inútil, que su vida no tenía ningún sentido ni valor, que recordase a la asquerosa de su mujer, las largas horas de soporífera conducción, un año tras otro, sin cambios a la vista, y que fuese un jodido hombre por una vez en su vida.

—Perdón —dijo al final—, es que estoy muy tenso, Manolo, compréndeme. Pero me parece un error que te acobardes ahora, tan cerca de… Hay que echarle huevos a esto; no es cosa fácil, pero será mejor así.

Tras unos dubitativos instantes, Manolo respondió:

—Tienes razón, Carlos, no hay que acobardarse ahora, tan cerca de… de…
—¿A la de tres? —dijo Carlos inquieto.

Yo sentí que el corazón se me aceleraba y chillé:

—¡Espera! —Ambos se giraron hacia mí—. Habrá que decir unas palabras, ¿no?
—Tienes razón —dijo Carlos, exhalando un suspiro.

Mi cabeza ardía, me inundó un reflujo de pensamientos e imágenes; no podía distinguir nada en aquellos remolinos.

—Empiezo yo —dijo Carlos—: Espero que me vaya mejor en la siguiente, porque en esta…

Esperamos unos segundos, expectantes.

—¿Ya está? —dijo Manolo.
—Sí.
—Pues vaya.

Otra vez el silencio.

—A mí me ha gustado vivir —empecé a decir en un arranque de valentía—. Doy gracias por cada minuto, cada segundo que me has dado —miré hacia el cielo, donde entre plateadas nubes se asomaba una sonrisa torcida—. No cambiaría nada, volvería a hacerlo todo exactamente igual: los errores, las tonterías, los despilfarros, todo, ¡todo! Los buenos momentos han sido tan buenos… —Se me quebró la voz—. Pero hay que saber… hay que saber cuándo parar. Hay que morir de pie, para no arrastrarte de rodillas como un inválido, y… Yo…

No pude seguir. Volvieron a mi cabeza las deplorables imágenes de los espectáculos fallidos del último año.

—Bien, ¿y tú? —dijo Carlos, haciendo un gesto con la cabeza hacia Manolo.
—Yo… —dijo este—. Yo no sé por dónde empezar. A mí también me ha gustado, este… Aunque… Supongo que… ¡No sé! ¡Joder, no sé! —Inspiró hondo—. En nombre del padre, el hijo y el espíritu santo, amén —dijo santiguándose.

—De acuerdo —dijo Carlos tras unos instantes—. Yo daré la cuenta atrás, y cuando llegue a cero, saltamos. Dadme la mano.
—¿Cómo? —dije yo.
—Para darnos fuerzas mutuamente.
—Ni hablar, yo salto solo.
—Está bien. ¿Manolo?
—Yo… creo que estoy con él en esto.
—Vale, vale, solo era una idea, joder. —Miró hacia abajo y se retorció en un escalofrío—. Bueno, pues, ¿estáis listos? ¿A la de tres?

—Sí —dije con tono firme.

Manolo asintió con la cabeza.

—¡Dilo! —dijo Carlos.
—¡Sí, sí!
—Está bien. Uno… Dos… —Dejó pasar unos segundos—. Esperad, lo voy a hacer con ritmo, para que sepamos todos cuándo.
—Sí, dale, no lo alarguemos más.
—Una… Dos… ¡Y tres!

Carlos se abalanzó hacia delante, notando solo cuando ya era demasiado tarde que sus dos compañeros no se habían movido del sitio. Sus últimas palabras fueron un largo:

—¡Hijos de putaaaaaaaa!

Después de eso lo único que se escuchó fue el liberador murmullo de las olas. Lentamente, giré la cabeza hacia Manolo, que me miraba tan sorprendido como yo a él.

—No… ¡No has saltado! —balbució.
—Tú tampoco —respondí.

Mientras amanecía, ya en el camión de Manolo, empezó a llover. Creo que ambos estábamos teniendo la peor resaca de nuestras vidas, agobiados por un pesado sentimiento de culpa, imaginando qué habría pasado si en ese segundo clave hubiésemos tenido un poco más de agallas. No hablamos nada, nos limitamos a mirar hacia delante, observando el acompasado baile del limpiaparabrisas. Las gotas que se deshacían con cada pasada me recordaban a Carlos, que se había esfumado entre el oleaje sin dejar rastro.

—¡Mira! —dijo Manolo de pronto.

En el horizonte se estaba formando un doble arcoíris, como un doble recordatorio —uno para cada uno de nosotros— de que la vida se extendía ahora hasta una fecha desconocida, continuando con su deslumbrante misterio.

 

 

 

 

******

 

Este es un relato para el origireto2020 de @MUSAJUE y @stiby1 .

Las reglas:

http://plumakatty.blogspot.com/2019/12/origireto-creativo-2020-reto-juego-de.html

https://nosoyadictaaloslibros.blogspot.com/2019/12/reto-de-escritura-2020-origireto.html

Objetivo personal (cada relato en un estilo diferente): Cumple, lo he escrito en un estilo “a lo Fitzgerald”, basándome en el que él emplea en El Gran Gatsby.

Objetivo principal: Cuenta una historia marítima o que involucre un faro.

Cuentos y leyendas: la cigarra y la hormiga

Criaturas del camino: sirenas

Objetos ocultos: estaciones y arcoíris.

Milpalabrista: sí

11 comentarios en “Saktakular

  1. Oye, pues mira que tengo pendiente (no sé exactamente en que estrato de mi imponente pila) por leer El Gran Gatsby, pero si ese es el estilo Fitzgerald, el amigo Scott debería subir algunos peldaños. Me ha gustado mucho la narración, tanto en contenido como en forma. No todo los días podemos acompañar en tiempo real a, nada más y nada menos, tres suicidas como estos, con vapores alcohólicos saliendo por las orejas, así que hay tensión en si harán o no lo que crees que no puede ser que hayan decidido por culpa de una borrachera. Y el inicio y transición a la reunión de viejos alumnos es muy bueno y buena, respectivamente. Al principio pensaba más en Rudyard Kipling (no sé porque, quizás el nombre) o Sommerset Maughan (sí, en El filo de la navaja).

    He visto una errata de esas que se cuelan como pececillos de plata entre las palabras; “…pero yo no dudaba en que ese era la última noche…” Por supuesto, es esa noche.

    Muy bien, compi. Muy bien relatado.

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    1. Me alegro mucho de que te haya gustado! Un placer tenerte por aquí Random. Corregiré el pececillo

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  2. Me lo veía venir y mira, no xD
    Genial relato, estupenda narrativa, impecable ortografía (desde mí conocimiento que es poco xD), y muy realista esa sensación de la vida sin nada más que ofrecerte. Buen relato sin duda, pero me deja mal cuerpo por motivos personales, realmente estupendo, pero no puedo tomarme a broma el el tema suicida, y siempre recomiendo poner Trigger Warnings para estas cosas, ya que puede ser tema sensible.

    Poco más que decir, es mordaz y cruel como la vida y expone la preocupación del fracaso y el vacío, pero con ese aire de cinismo y frivolidad que solo puede darle la crueldad del ser humano. Es fácil empatizar con el protagonista también ya que desde el comienzo te cuenta su vida y situación como alguien cercano. En fin, Muy chulo, enhorabuena ^^

    .KATTY.

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    1. Por cierto, la arroba de Stiby es @Stiby2 ^^
      y no olvides rellenar el drive porfa, que ya sabes que si no no vale ;3
      Un abrazote y ánimo con mayo!

      .KATTY.

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    2. Me alegro mucho de que te haya gustado Katty! Los trigger warnings o avisos para sensibles no me acaban de gustar, pero le daré una vuelta al tema. Puede que en algunos casos sea necesario poner que es un relato fuerte.

      Gracias por pasarte!

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  3. Ok. Yo no sabía que esto iba a ir por dónde ha ido y ¿POR QUÉ NO PONER TIGGER WARNINGS? el suicidio es un tema sensible, delicado; evidentemente estás en tu derecho de escritor de enfocarlo como quieras, pero creo que también sería amable colocar el tigger. Dejando esto claro, let’s go to fangirlear.

    Desde el primer párrafo empatice con el prota. Me explicó cómo sentía que su vida caía en decadencia y luego que ya la vida no le ofrecía nada, que más que vivir estaba sufriendo la vida. Lo entendí, no me siento igual porque evidentemente no he vivido lo mismo, pero sí entendí toda la amargura, el desinterés, el abatimiento, la vergüenza, el odio. Lo entendí. También fue muy evidente para mí que el que quería matarse era Carlos: mira, fue el que propuso la idea y por la forma en la que contó su vida —que, aunque no lo dijo, para él terminó a los dieciocho cuando se lesionó— se entiende que lleva tiempo pensando en el suicidio. Es… ¿doloroso, triste, decepcionante? que no buscase ayuda psicológica o que no se dejase ayudar. Con terapia tal vez no hubiese terminado muerto, pero creo que igual sí hubiese recibido terapia la idea hubiese persistido ahí porque Carlos se aferró a que su vida terminó. Se aferró a las desganas por la vida. Manolo y el prota no están en mejor perspectiva de vida, pero ellos fueron por borrachos. Básicamente. En decir, Manolo abiertamente se negó y el prota hizo tiempo con el numerito de “las últimas palabras”.

    El final es bonito, eso sí. El final es muy cierto y está vez no solo lo entiendo sino que lo comparto. De hecho, me hace recordar a una frase de un libro que estoy releyendo: “la vida a veces es una mierda, pero no debemos arrastrarnos en ella, siempre puede mejorar”.

    ¡Fue un gusto voy a leerte! Y que la Gran Diosa Gamba Cósmica Intergaláctica te bendiga con muchísima inspiración. ✨

    Besos,
    Carly.

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    1. No me gusta la idea de los trigger warnings, lo siento, creo que, como dice Stephen King, un beso es besar a un desconocido en la oscuridad, por lo que hablar sobre él antes de besarlo rompe un poco la magia.

      A pesar de ello, me alegro de que te haya gustado y que hayas empatizado con Saktakular. El pobre diablo en realidad es buen hombre.

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  4. Crudo, a pesar del toque de humor negro (eso le pasa a Carlos por incoherente, dijo que iba a hacer una cuenta atrás :P). Que se veía venir, sí, pero ni idea de quiénes ni cuántos se quedarían arriba y abajo y estaba deseando llegar al desenlace. Y la prosa, espectacular, te envuelve con suavidad en un manto de resignación y desdicha por el declive vital del protagonista, que entiendo que era el objetivo. ¡Enhorabuena!

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    1. Muchas gracias! Me alegro de que te haya gustado. Si vas en busca de más cuentos puedo pasarte alguno más que escriba, si quieres 🙂

      Un saludo!

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  5. Buenas,
    me gusta la parte en que se habla sobre como se ha vivido, la introspección que realizan los personajes. Aunque puede llegar a ser algo plano el resumen de sus vidas como lo has hecho.
    No me ha resultado nada creíble la reacción final ante el salto de su ex-compañero borracho.
    Y el protagonista ¿si sabía en todo momento que no iba a saltar por que les sigue en su locura?
    Ha quedado muy frío como terminas la vida de un personaje y los otros dos ni se inmutan. Y además lo remarcas con el arco iris indicando que sus vidas continúan.
    Nos leemos pronto.

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  6. ¡Hola amigo!
    No sé porque no había leído ninguno de tus relatos todavía, la verdad es que este me ha encantado. Aunque he de decirte que me esperaba el final. No se si es que habré vivido alguna situación de ese estilo (aunque no tan drástica), pero sabía que un hombre borracho que toma una decisión la lleva hasta el final y es lo que ha hecho Carlos. Por lo tanto un diez en realismo. También me esperaba que los otros dos hicieran lo que hacen, por el mismo motivo, creo.
    Aún así me ha gustado mucho el tono y el ritmo. Creo que has acertado de pleno en eso y en las descripciones, que con pocas pinceladas te hacen ver perfectamente lo que quieres transmitir. Sobre los diálogos nada que decir salvo que son magistrales. Tan reales como la vida misma.
    Hay un par de cosillas que he visto. Yo cambiaría “mortificada reflexión” por mortificante reflexión, aunque es una apreciación personal. La otra es que la palabra maloloroso me suena fatal , la cambiaría por malolientes.
    Me siento identificada en cierto modo con los sentimientos de Saktakular en cuanto al significado de la edad, el fin de la aventura, el principio de os achaques… y el encierro como metáfora del fin de lo divertido de la vida, o de la vida entera, aunque será por algún motivo irracional porque mi vida no se parece en nada jejejeje
    Respecto al tema de que es un relato duro y hay que avisarlo: estoy contigo. Yo no aviso tampoco, el que se adentra en la lectura de un relato puede esperar de todo y eso es lo interesante de la cuestión.
    Concluyendo, que te felicito por el relato y que te seguiré leyendo.

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